domingo, 11 de marzo de 2007

EL MILAGRO DEL NIÑO TULLIDO
Dentro del aspecto de la vida, la angustia del dolor, la desesperación que provoca la desgracia y la acechanza fatal que a cada paso la tenemos nos obliga buscar amparo en la siempre benevolente voluntad de Dios que es norma y es pauta rectora dentro del limitado paso que nos corresponde en el vasto campo de esta terrena vida. Y a El clamamos perdón por nuestros pecados; solución para nuestros álgidos e intrincados problemas. A El, plenos de confianza y fé le pedimos admonición para nuestras culpas y salvación para todas las almas pecadoras en general. A El le pedimos clemencia y misericordia para nuestros hijos.
Así hace unos 80 años atrás, un feliz matrimonio en el Valle de Apaza de la vecina localidad de Arica, tuvo la desgracia de encontrar cierto día a uno de sus más queridos vástagos con sus extremidades dramáticamente recogidos e incapaz para procurarse por sus propios medios atención a sus vitales necesidades.
Y no hay dolor mas desgarrador en la tierra, cuando la fatalidad de la desgracia azota al ser querido que es sangre de su sangre. Por esta causa este modesto hogar sintió extremecerse desde sus cimientos con la inesperada enfermedad del niño. Transidos de inmenso dolor demandaron la atención facultativa, no escatimaron gastos por la salvación del hijo querido, mas todo el esfuerzo realizado no fructificó en beneficio de la quebrantada salud del niño. Alelado el alma en la desesperación los progenitores del muchacho optaron por clamar piedad a la Divina Providencia y en sumisa peregrinación, como en dramático viaje llegaron hasta el Santuario de Locumba, conduciendo al niño-paciente, acondicionado al lomo de un bestia y allí en su recinto sagrado junto con el pequeño tullido clamaron ante el Altar de la Sagrada Imágen. El niño haciéndose eco de la desesperante emoción que manifestaban sus padres no pudo resistir el acto y se desmayó. Durante el lapso de varios días hacían su presencia en esa casa de Dios implorando con vehemencia la salvación del vástago. Cumplida la misión el día del retorno formularon la promesa solemne de cumplir la misma peregrinación por espacio de tres años, rodeando a esa despedida un lastimero e impresionante llanto en el que era partícipe también el desventurado enfermito.
Y de acuerdo con la referencia que hace la familia que dió alojamiento al "niño tullido" y a sus padres, se sabe que al año siguiente cumplieron con su presencia en el Santuario trayendo al paciente con visos de acentuada mejoría, a tal punto que ya podía viajar montado a caballo sin la incomodidad ni con el concurso de ayudantes, como motivó el primer viaje. De la misma manera se conoce que cuando volvió al tercer año, aunque con dificultad ya podía caminar y conducirse por sus propios medios. Se cuenta también que esa familia agradecida al elocuente favor de Dios, plena de recogimiento, estuvo concurriendo por varios años al Santuario de Locumba.

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